SEMINARIO
MUJER Y PUBLICIDAD EN EL PERÚ
Impacto y perspectivas desde un enfoque de género

Ma. Jennie Dador 1

Si la publicidad muestra a las niñas como objetos sexuales
¿Por qué no puedo tocarlas? Se preguntará don Sátiro

Quisiera abordar el tema de la publicidad sexista desde varias entradas, es en realidad un tema que da para mucho, pero de pronto siento urgencia de centrarme en uno en especial.

Tiene que ver con el debate público que se ha desatado en el país a propósito de la modificación del artículo 173 del Código Penal, que pretende colocar nuevamente el límite de la indemnidad sexual por debajo de los 14 años, el que como ya muchas/os de ustedes sabrán a estas alturas, se elevó arbitrariamente en marzo del 2006, de menores de 14 años a menores de 18 años. Tema que por cierto es de preocupación de la sociedad en su conjunto y no solo de padres y madres de familia, menciono primero a los padres en tanto dada la construcción hegemónica de la masculinidad en la región, se entiende que son ellos los guardianes del honor sexual de las mujeres de sus familias, entiéndase hijas, hermanas y madres.

Pues bien, parte de la discusión se ha centrado en que si las/os adolescentes menores de 18 años tienen o no la suficiente capacidad para poder decidir respecto al ejercicio de su sexualidad. Básicamente la pregunta pareciera haber sido ¿pueden elegir con quiénes tener sexo?

Respecto a esto hay posiciones discrepantes:

  • Para algunos la respuesta será siempre NO. Es decir, no pueden decidir ni cuando el sujeto es otro adolescente menor de 18 años, ni mucho menos cuando se trata de una persona mayor de 18 años.
  • Para otros, pueden decidir solo en determinadas circunstancias. Por ejemplo, cuando la persona con la que se vincularán sexualmente tiene menos de 18 años. Si fuera mayor de 18 años no se reconoce la capacidad para decidir. O mejor dicho, aunque el o la adolescente “eligiera”,  el/la adulta debe abstenerse de este vínculo sexual, pues se presume el abuso de poder o el aprovechamiento de la menor.

Así, mientras el debate jurídico discurre sobre la capacidad e incapacidad de las adolescentes cuyas edades fluctúan entre los 14 y 18 años, la publicidad y la moda nos bombardean con imágenes de adolescentes, en realidad niñas que aparecen como objetos sexuales,  referentes de lo apetecible o deseable de lo que cualquier varón que se precie de tal debe llevar consigo y mostrar.

Probablemente, conforme lo informó la Asociación de Psicología de los Estados Unidos (APA) en su informe publicado en el 2004, sobre la niñez y la publicidad, las imágenes cargadas de apelaciones sexuales son perjudiciales para la salud emocional y física de las niñas, no solo por los trastornos alimentarios, autoestima baja y depresión, enfermedades que eran propias de adolescentes y que ahora se están presentando cada vez en niñas más pequeñas; sino también por que su temprana sexualización o lo que podríamos llamar como la exacerbación de su atracción y conducta sexual dejando de lado otras características personales, tal como si fueran una cosa lista para ser usada o consumida sexualmente por otros; las convierte en las víctimas por excelencia de la violencia sexual en sus múltiples formas: violación, paidofilia, pornografía y  trata.

Pero además,  estas imágenes que las niñas y jóvenes deben imitar enfatizan un estándar poco realista de belleza física, el que sumado a la intensa preocupación que hoy tienen  muchas mujeres madres  por el tema de la figura, coloca para las niñas la esencia de lo femenino o del ser mujer, así como su valoración, en un cuerpo de determinadas características que no tiene que ver con ellas mismas, sino con la capacidad para satisfacer a otros.

Frente a esta situación, más de uno o una dirá, una vez más tal como suele suceder cada vez que hablamos sobre el machismo, que la responsabilidad es de las mujeres ya que ellas crían a sus hijas y se encargan de la reproducción del estereotipo. Y quizás algo de responsabilidad hay en ellas, pero no culpabilidad, ellas bebieron y se alimentaron del mismo sistema sexo-género opresor, y no todas hemos tenido la posibilidad, el espacio y la fuerza para llevar adelante nuestra propia deconstrucción y reconstrucción.

Al parecer, no avanzamos tanto como creíamos, la primavera de la autonomía fue bien corta, la obtención del voto primero, la inserción en el mercado laboral y por fin la llegada de la píldora, y la posibilidad de separar nuestra sexualidad de la reproducción. Pero fue esta misma tecnología la que nos trajo la industria del bisturí y los implantes; y hoy sin pensarlo estamos de vuelta como nuestras abuelas o peor que ellas, siendo y viviendo para otros y otras, porque también es necesario que las mujeres, nuestras amigas nos aprueben. Pero claro, todo esto con nuestro dinero, porque somos sujetas económicamente autónomas y no dependemos ya de ellos, pero ¿La autonomía le hace solo a la posibilidad de generar los propios ingresos o tendrá también que ver con la libertad de las decisiones para gastarlos?

Sobre este punto, en 1997 el estudio realizado por Brumberg, en el que examinó los diarios íntimos de adolescentes estadounidenses en los últimos 100 años para analizar cómo trataban de verse mejores; encontró que mientras las chiquillas de tiempos pasados se centraban en hacerse más educadas y mejorar sus estudios en los últimos 20 años la realidad cambió y hoy ellas describen casi exclusivamente como el centro de su desarrollo estar bien con sus cuerpos y hacer más atractiva su apariencia física. De esta manera, hoy el mecanismo de movilidad y ascenso social por excelencia es el cuerpo de determinadas características, y ya no la educación.

No solo las niñas que aparecen en la publicidad son cada vez sexualizadas desde más pequeñas, sino que incluso la ropa infantil es cada vez más similar a la de las mujeres adultas, y ni qué decir de los reinados de belleza instituidos desde el jardín de la infancia. Todo esto incita en las niñas la sensualidad y la seducción, y porque no decirlo, confunde también a los adultos, sino pensemos por un momento en la aturdida pregunta de don Sátiro ¿Por qué no puedo tocarlas. Si están allí expuestas?

Mientras que para otros hombres, a quienes la confusión no ha llegado y tienen claro que la interrogante de don Sátiro carece de sentido, esta sexualización de las niñas, genera también dificultades, ya que les resulta difícil encontrar una compañera “aceptable” o disfrutar plenamente la intimidad con ella, ya que nunca resultamos siendo lo suficientemente jóvenes para ellos, pues lo que en realidad están buscando son niñas. Así las cosas, no resultan tan descabellados aquellos pedidos, que a estas alturas, más de una de las que estamos en esta sala habrá oído proferir a algún amante de turno:

- “Mi amor, porque no eliminamos estos pelitos?
- ¿Cuáles?
- Estos. Los que están sobre tu cosita!”

Y mejor ni hablar de las promociones dermatológicas para blanquear el ano, de forma tal que éstos cada vez parezcan más tiernos  2.

Y claro, para las mujeres cada vez resulta más difícil, sino imposible encajar sobre este ideal de belleza.

Entonces, por qué centrar la discusión sobre la indemnidad sexual solo en el campo del derecho penal. Supuestamente, este campo del derecho o control social duro como muchos criminólogos lo llaman, es el último recurso que tienen los estados para atender una problemática y tutelar la vulneración de aquellos derechos que la comunidad considera como los más relevantes, en este caso la integridad sexual de sus niñas/os y la libertad sexual de las y los adolescentes.

Previamente el Estado, debería haber puesto en funcionamiento todos los otros mecanismos de control social blando o disuasorios, que involucran los procesos de socialización primaria y secundaria, donde aparecen las familias, la escuela y sus programas de educación sexual, y obviamente los medios de comunicación y sus mecanismos de autorregulación.

O es que vamos a seguir viviendo en medio de la promocionan solapada de la realización de este tipo de conductas y la aplicación de la cadena perpetua.


1. Abogada, Manuela Ramos.

2. Tomado de: Letras Libres, febrero 2006. Pag. 91.